Buenos Aires, Argentina, 6 de octubre.— El Monumental no parecía un estadio.
Durante unos minutos dejó de serlo. Las tribunas, repletas; las banderas, levantadas; los celulares, encendidos; las voces, mezcladas en una sola.
En el centro de todo estaba Lionel Messi, el hombre que durante más de dos décadas convirtió la camiseta de Argentina en una segunda piel y que esta noche tuvo que pronunciar las palabras que nadie quería escuchar: adiós.
No fue simplemente el último partido de un futbolista. Fue la despedida de una época.
Frente a unos 90 mil aficionados, Messi jugó su último encuentro con la Selección Argentina.
El rival fue Benín y el marcador terminó 3-0, pero el resultado quedó casi en segundo plano ante una noche construida alrededor de la memoria, los abrazos y las lágrimas contenidas.
El capitán apareció, como tantas otras veces, para hacer lo que mejor sabe. Participó en los goles, dio asistencias a Nicolás Otamendi y Nico Paz y terminó poniendo su nombre en el marcador con un penal. Pero esta vez cada movimiento parecía tener otro significado.
Cada carrera podía ser la última. Cada pase, el último recuerdo. Cada ovación, una manera de decirle gracias.
Otamendi, otro histórico de la Selección, también se despidió. Y cuando el encuentro terminó, la cancha se convirtió en escenario de una ceremonia mucho más grande que el fútbol.
Hubo drones en el cielo, música y una voz que acompañó el momento. La Sole entonó Brindis y Messi permaneció allí, en medio del campo, recibiendo el cariño de una multitud que durante años lo acompañó en las buenas y en las malas.
Después llegó el momento más difícil.
Messi tomó el micrófono.
Por un instante, el futbolista acostumbrado a hablar poco tuvo que encontrar palabras para explicar lo inexplicable.
Dijo que tenía muchas emociones, que se le cruzaban muchas cosas y que lo primero que pensaba era en su padre.
Habló de orgullo, de agradecimiento y de aquellos más de 20 años defendiendo la camiseta argentina.
Recordó también los momentos difíciles, las derrotas, las críticas y las veces en que estuvo cerca de abandonar. Pero nunca dejó de luchar.
“Jugar en la Selección Argentina es lo más lindo que te puede pasar”, expresó.
Y ahí estuvo la verdadera dimensión de la despedida: Messi no quería irse.
Lo dijo con una sinceridad que atravesó las tribunas. Le gustaría seguir viniendo toda la vida, seguir jugando, seguir sintiendo esa camiseta. Pero también reconoció que había llegado el momento de cerrar una etapa.
El hombre que alguna vez cargó con la frustración de las finales perdidas pudo despedirse después de cumplir el sueño que parecía imposible.
Fue campeón de América, ganó la Finalissima y, sobre todo, levantó la Copa del Mundo. El sueño que compartía con millones de argentinos dejó de ser una promesa y se convirtió en realidad.
Por eso su despedida no estuvo marcada únicamente por la tristeza. También hubo gratitud.
Messi agradeció a sus compañeros, a quienes estuvieron antes y a quienes compartieron con él la etapa dorada. Recordó que con ellos aprendió que los grandes objetivos solamente son posibles cuando existe un grupo fuerte y unido.
También se acordó de los aficionados.
De aquellos que viajaron por todo el país, que llenaron estadios, que cruzaron fronteras para acompañar a la Selección en mundiales y Copas América. Les agradeció haber estado siempre, incluso en los momentos más difíciles.
Y entonces llegó la frase que terminó de quebrar la noche.
En el mismo lugar donde había vivido uno de los días más felices de su carrera, cuando regresó a jugar con Argentina después del Mundial, Messi dijo que ahora le tocaba vivir el día más triste: despedirse de la Selección y de todos ellos.
Los mismos colores. El mismo estadio. Pero una historia diferente.
A unos metros, los jóvenes que representan el futuro del equipo acompañaban al capitán. La imagen parecía cuidadosamente escrita por el destino: Messi en el centro, rodeado por los chicos que algún día tendrán que ocupar el espacio que durante tantos años le perteneció.
No prometió desaparecer. Prometió estar del otro lado.
Dijo que seguirá apoyando a los nuevos jugadores, alentándolos y acompañándolos cuando lleguen los momentos difíciles. Porque sabe que ninguna generación permanece para siempre y que, tarde o temprano, el relevo llega.
Messi se quedó unos segundos más sobre el césped. Parecía no querer abandonar la cancha. Dijo que no quería irse, que no quería dejar aquel lugar.
Pero finalmente abrazó a su familia.
Entonces el Monumental volvió a convertirse en un estadio, aunque nadie allí era exactamente el mismo que unas horas antes.
Messi caminó hacia la salida entre aplausos y una ovación interminable. Se fue como había llegado a la Selección: acompañado por un pueblo que hizo suyo su sueño.
Esta vez no levantó una Copa.
Levantó la mirada hacia las tribunas, recibió el último aplauso y se llevó consigo más de 20 años de historias.
El niño que soñó con jugar para Argentina se convirtió en campeón del mundo. El capitán que alguna vez sufrió las derrotas terminó dejando una Selección acostumbrada a ganar.
Y cuando las luces comenzaron a apagarse en el Monumental, quedó flotando una certeza difícil de aceptar para quienes crecieron viéndolo con la camiseta albiceleste:
Messi se fue de la Selección.
Pero la Selección, para siempre, llevará algo de Messi.











